La verdad y el narrador. Reflexión sobre la narrativa.

El narrador moderno

En el comienzo de la literatura moderna, con Cervantes -o más atrás si se quiere-, llega un problema que se aparta de la poesía épica y la literatura caballeresca: ¿Quién narra? Ese enfoque sobre la problemática de la narración nos hace notar más problemas acerca de lo narrado (las huellas a seguir para dar con ese que narra y su forma de ser); problemas los cuales pueden ser el qué se narra y hasta por qué se narra; respondiéndolos podríamos tratar de comprender el carácter y la intención de ese ente y su función en el relato.

curvasUn narrador proyecta el relato de formas diferentes, pudiendo exhibirse u ocultarse en lo narrado en función de sus intenciones. Algunos narradores tienen la facilidad de narrar sin mostrarse demasiado; dicen, por mencionarlo de esta forma, lo que saben sin decir que lo saben o cómo llegaron a saberlo. Otros narradores especifican su forma de ser en función de lo que narran; proyectan sus pensamientos dentro de lo relatado y nos hacen enfocarnos más en ellos que en la historia contada.

Están entonces estos cuentos claros y directos, sin mayores intervenciones, y los cuentos reflexivos, en los que la trama parece una mera excusa para introducir la opinión del narrador (y posiblemente también la del autor); una prosa que podemos encontrar muy poética y que incluso puede llegar a prescindir de la trama más que un poema de Baudelaire (que también son casi cuentos). De este modo desdibujamos más y más la línea ondulante que transgrede las nociones de narrativa y poética. Pero el tema que nos apremia ahora mismo reflexionar es la verdad tras lo que se cuenta.

La verdad contra la literatura

alada2La literatura, por excelencia, es lenguaje embellecido, hecho en función de la intención del autor. Si quiere este usar la literatura para enarbolar o ensalzar una idea, un personaje, una historia, lo hará haciendo uso del lenguaje (e igualmente si quiere tachar o refutar). Dentro de eso se pueden expresar las cosas mejor que en el lenguaje cotidiano para hacer que el mensaje impacte más en el lector y se funda mejor con su interior o su compresión, o eso debería. Pero expresar mejor no es acercarse al significado más verdadero de las cosas o decir las cosas de forma más verdadera.

Podemos hacer un paréntesis y decir que la literatura no tiene por qué ser verdad, debe ser bella y así construir una mejor realidad desde la ficción. En eso hay algo más que un superficial positivismo: la literatura no exhibe la verdad mostrándola de forma vulgar, más prefiere hacer uso y juego con ella, falseándola, adornándola, para crear una obra literaria más allá de la verdad. Y en medio de esto se pueden conseguir dislates y posibles interpretaciones sintácticas que problematizan el sentido de lo que se quiere decir.

Como en un relato policial, no todo lo que se dice es cierto. Muchas de las pistas conducen a callejones sin salida o son evidencia de algo diferente a lo que en realidad pasó en el suceso. Una evidencia puede ser sembrada por la fuerza que se opone al esclarecimiento de la verdad; así, una pista que guía al lector puede ser sembrada por el narrador para llevarnos a una figura oculta en el tapiz, inventada para distraer de las otras figuras con las que coexiste.

Un buen autor puede crear narradores muy complejos, que se debaten entre la verdad y el invento; entre el hecho de ser un instrumento de construcción narrativa y ser perteneciente, o mejor dicho, testigo, en un mundo ficticio. Un narrador muy preciso puede soltar el cuento y estar ausente de él; otro, de los que más interesan, puede incluso llegar a estar consciente de su carácter ficticio, como si en cualquier segundo se fuese a dar vuelta hacia nosotros y decir “sé que me están escuchando”.

Estos narradores juegan con una personalidad muy humanizada. Sabemos qué está pensando porque parece que estamos en sus cabezas, pero es una cabeza en la que todo ya está preparado para nosotros: para dejarnos ver, o entrever, o sospechar, lo que él siempre quiso (por lo cual es humanizada mas no humana). Nos guiará en sus maquinaciones y usará su historia para justificar sus convicciones.

El narrador nos ha mentido

Un autor, pues, puede estar consciente de que sabremos lo que dice que el narrador sabe. Pero un narrador puede ser mentiroso, trastornado, corrupto, y usar el lenguaje para mostrar menos de lo que sabe y más de lo que quiere que sepamos, y así alimentemos nuestra noción de su realidad y no la verdad oculta tras el telón.

Una mentira puede ser mejor que una verdad, pero nunca puede encajar perfectamente en ese lugar. El narrador oculta tras su lenguaje la intención de comunicar una verdad interior más importante que los hechos reales. Puede contar la forma en que un hombre llora la pérdida de su esposa ocultando el hecho de que él mismo la mató; pero cuando se cuenta la mentira, y no la verdad, el lenguaje no es el mismo y siempre deja pequeñas pistas de que algo se está escondiendo en las sombras; y es cuando el lector, por sí mismo, puede comenzar a sospechar de lo que nos cuenta el narrador y lo que oculta. El autor puede esperar, y tener la mejor fe, de que tendrá entre sus lectores a los mejores detectives para otorgarle un valor importante a la construcción del lenguaje utilizado, más allá de lo que a primera vista puede ser evidente.

Una mentira puede ser mejor que una verdad, pero nunca puede encajar perfectamente en ese lugar.

Un narrador tiene mucho poder a la hora de contar una historia. Puede escoger contarla más clara o más obscura; y aunque cuanto más se fu
nde con las tinieblas y menos podemos ver sobre lo que de verdad ocurre en la historia, hasta casi erradicarla, podemos ver en ese lenguaje tan intencionado el funcionamiento de una mente que intenta construir una realidad para sí mismo, para engañar a alguien, para nosotros, para actuar en función de una intención, sea cuál sea. Y hay que recordar, por último, qué ocultar la verdad despierta siempre más interés por encontrarla.

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