Qué significa escribir sobre la propia experiencia

Qué significa escribir sobre la propia experiencia

Hay un consejo que se da casi siempre a los escritores principiantes, hasta el punto de haberse convertido ya en un axioma. A aquellos que dan sus primeros pasos en la senda de la escritura se les exhorta siempre a escribir a partir de su propia experiencia.

Es sin duda un buen consejo. Escribir sobre lo que se conoce de primera mano no solo resulta más sencillo, sino que también permite ahondar con mayor detalle en las facetas de esa realidad, desarrollando las particularidades de esa situación o experiencia que el escritor ha vivido en primera persona.

A fin de cuentas, como decía Henry James, una novela es, en su definición más amplia, una impresión personal de la vida

Ahora bien, escribir sobre la propia experiencia también implica ciertas limitaciones. La realidad humana es inabarcable, toma mil formas y está en perpetuo cambio. Si el escritor debe limitarse a escribir aquello que ha experimentado y que conoce por haberlo sentido, vivido o presenciado en persona su producción novelística podría ser muy escasa o demasiado repetitiva. Infinidad de temas quedarían fuera de su alcance o bien se vería obligado a llevar una intensísima vida privada de la que nutrir su obra.

Siendo esto así, ¿se debe desoír el consejo de escribir sobre la propia experiencia? En absoluto. Pero es necesario ampliar lo que significa el término «experiencia».

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Escribir sobre la propia experiencia

Para un autor, la experiencia no tiene por qué circunscribirse únicamente a las vivencias personales, a aquellos hechos que el escritor experimenta de primera mano. La experiencia para un escritor viene a ser un concepto mucho más amplio que incluye lo vivido, sí, pero también observaciones, reflexiones, lecturas…

De nuevo Henry James, en su breve ensayo El arte de la ficción, apunta:

¿A qué experiencia se refiere, y dónde comienza y termina? La experiencia nunca queda delimitada, y nunca se completa del todo; es una inmensa sensibilidad, una suerte de enorme tela de araña, de los más finos hilos de seda, suspendida sobre la cámara de la consciencia y que atrapa cada partícula etérea en su tejido. Es el propio ámbito de la mente, y cuando la mente es imaginativa —mucho más cuando resulta ser la de un hombre de genio— hace suyas las más tenues partículas de vida, convierte las mismas pulsaciones del aire en revelaciones.

Esa imagen de una tela de araña suspendida sobre la cámara de la consciencia y que atrapa impresiones, ideas, hechos, sueños, conocimientos, fantasías, datos… es terriblemente certera. Esa es la «experiencia» del escritor, porque el escritor, para ser bueno, ha de ser una persona abierta a su entorno, un excelente observador y un estudioso de las profundas simas del alma humana.

Elías Canetti resumía la función real de todo verdadero escritor en tres exigencias: la entrega a su tiempo, una sed de universalidad capaz de sintetizar su época y, finalmente, la de estar a la vez en su contra. La «entrega a su tiempo» y la «sed de universalidad» representan esa experiencia no necesariamente vivencial a la que James aludía.

Henry James exhorta: «¡Intenta ser una de esas personas a las que no se les escapa nada!». Y añade:

El poder de conjeturar lo invisible desde lo visible, de trazar la implicación de las cosas, de juzgar el conjunto a partir de la pauta, la condición de sentir la vida en general de un modo tan completo que da acceso al conocimiento de cualquier rincón particular: este conglomerado de dones casi se puede decir que constituye la experiencia.

En el mismo sentido se expresaba Miguel de Unamuno en una carta:

En la mente, junto a conceptos que forman entre sí un todo orgánico, hay otros que no han entrado en él —son como la albúmina que rodea la yema del huevo— y otros que han salido: conceptos protoplasmáticos y excrementicios. Junto a las ideas expresables en palabras, hay otras que no han encontrado aún su palabra y muchas que la han perdido.

Serán por tanto esas «tenues partículas de vida», retenidas en la tela de araña de la consciencia del autor, las que originen la obra. Conceptos que su mente atesora o desecha, que pueden ser ya expresados mediante la palabra o que todavía no lo son (e incluso que nunca lo serán).

Sin esas partículas de vida y esos conceptos que entran y salen de la mente del autor no puede darse la obra, como no puede llover desde un cielo sin nubes. Por tanto, el texto literario se forma a partir del vapor que surge de las vivencias personales del escritor, sí, pero también de la lectura, de la reflexión, de la observación… que son necesarias para que el ingenio sea fertilizado y resulte fecundo.

El autor que inventa un mundo de ficción tiene sin duda que haber estado en él, pero puede haberlo hecho en su mente, a partir de la observación, la reflexión y la extrapolación.

Seguro que conoces un montón de casos de autores que escribieron excelentes obras basadas en su experiencia personal, sin embargo es mucho mayor el número de escritores que han escrito obras imperecederas que no estaban basadas en su experiencia directa.

Por ejemplo, Stephen Crane escribió La roja insignia del valor, una novela canónica sobre la guerra de Cuba entre España y Estados Unidos, cuando solo tenía veinticuatro años y nunca había visto la guerra. Eso no le impidió escribir algunas de las escenas bélicas más memorables de la literatura.

Evidentemente, el propio Unamuno nunca fue una mujer soltera que se dedicara en cuerpo y alma a criar a los hijos de su hermana muerta, argumento de su novela La tía Tula. Pero conocía el caso:

Ahora mismo estoy metido en una nueva novela, La tía, historia de una joven que rechazando novios se queda soltera para cuidar a unos sobrinos, hijos de una hermana que se le muere […] Conozco el caso.

Así escribía Unamuno en 1902, pero La tía Tula no vio la luz hasta 1920. Durante esas casi dos décadas, Unamuno maduró la idea, siguió recopilando partículas de vida en la telaraña de su consciencia, siguió aguardando a que la idea encotrase las palabras que la habían de expresar. Aquel caso que conocía se amalgamó con lecturas, pensamientos, preguntas y respuestas hasta dar lugar a la novela que hoy conocemos.

Como ves la «experiencia» del escritor no alude únicamente (o no debería hacerlo) a las cosas que le pasan personalmente. Se trata más bien de una manera de estar en el mundo y absorber todo cuanto le rodea, lo pasado y lo presente, lo cercano y lo lejano, lo propio y lo ajeno.

No te atribules si crees que tu experiencia vital no da lugar a que escribas grandes obras. Permanece atento a lo que sucede en tu entorno, lee mucho y acostúmbrate a reflexionar y a relacionar unos conceptos con otros. La riqueza de tu mundo interior puede ser mucho más importante a la hora de escribir que un millón de experiencias directas.

¿Te han dado alguna vez el consejo de que escribas basándote en tu propia experiencia?, ¿has sentido que de tu experiencia personal no podría salir jamás una gran obra? ¿Qué te parece la idea de la telaraña de James? Hablamos en los comentarios.

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La entrada Qué significa escribir sobre la propia experiencia se publicó en Sinjania Formación para Escritores.

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