Libro: Antología de poesía venezolana favorita (Español)

“Los poemas aquí mostrados más que representar la poesía venezolana intenta llegar al gusto de quien los lea por su forma, tratamiento, temática o musicalidad”. Entre ellos poemas de Andrés Eloy Blanco y Luis Enrique Mármol.


La literatura no existe

En cuanto a lo práctico de la literatura, hay que afirmar que: esta no existe. ¿Para qué sirve entonces esta nomenclatura que tras años se ha empeñado en acuñarse a las humanidades? Aún más, ¿si no sirvió anteriormente, de qué sirve en estos tiempos? Han hablado los más poéticos escritores sobre la salvación a través de la literatura, los más objetivos críticos -desde los formalistas- de la creación o estructuración del efecto estético del texto a través del lenguaje y de su transgresión a la norma. Y aún si nos empeñamos en acercarnos a esta última afirmación se estaría reduciendo a la literatura a una serie de articulaciones gramaticales sin contenido (los formalistas, principalmente lingüistas estudiaban la literatura desde esta ciencia). El problema de definir siempre ha implicado un riesgo inmenso, sin embargo, es menester hacer un “acercamiento” (como se ha denominado a la “definición” por miedo al rechazo de ideas) de los conceptos para, sobre esa base, trabajarlos.12884583_10209183423133117_996129404_n

En la actualidad “literatura” está definida por el gusto. El concepto está reducido a la subjetividad del lector que considera las obras con base en el placer que le ha causado. Pareciera que esto es lo que ha definido siempre al vejado concepto y que con el pasar del tiempo nuevas definiciones se han transmutado. Entonces el concepto está ajustado a una definición hueca y convencional que va desde lo micro a lo macro, es decir, desde el individuo a la sociedad. Sin embargo, cualquiera fuese la definición micro o macro de esta, eso no responde la pregunta sobre su utilidad. Las sociedades que giran alrededor de un centro para oponerse y diferenciarse de un “algo” concreto necesitan de aportes útiles para crear el carácter heterogéneo de ellas. La literatura no participa de esto. Solo construye un carácter de reseña no pragmática.

En una sociedad venezolana tan caótica, la literatura solo ha de servir como escape, negación. Funciones que son completamente inutiles para el desarrollo pedagógico de una sociedad. También habrá de servir de loa y alabanza, cosas que como las anteriores no sirven para nada.  De tal manera que la definición hueca devenida de lo cómodos que se sienten algunos con el texto, nos refleja una literatura que engloba trabajos textuales puramente formales, de trabajo de la lengua, un trabajo enfocado en una función emotiva jackobsoniana. No importa si el tema tratado es inaudito, si la forma es perfecta, “literatura” lo hará la convención. Pues aunque un texto haya nacido para ser tal cosa, muchas veces termina, por la convención, siendo un folletín más.

Concordemos entonces que la literatura es todo texto que sirve para crear un placer por el puro hecho de crear placer. Es un hecho erótico. El erotismo se desvía de la reproducción y la literatura se disloca y desvía de su principal objetivo: ser útil. La existencia de la literatura como hecho útil está en veremos, pues como mencionamos anteriormente, hay quienes afirman, con todo el sentimentalismo del mundo, que sirve como reflejo de las emociones, vivencias y cosmovisiones del individuo. Sin embargo, esto no le imprime un carácter de utilidad, sigue por tanto siendo inútil para una sociedad activa. De tal manera que si con cautela observamos: la literatura trata de mezclarse a este mundo caótico por el que transcurre su no-existencia, su presencia sin esencia; he allí la necesidad de volverse cada vez más micro, no hay tiempo para perder fijándose en extensos tratados por placer, como el sexo en los japoneses, el acto del placer se reduce a cuestión de escasos minutos, un polvo de gallo, un rapidín.

Por otra parte, si tomamos en cuenta una definición formalista de ella, veremos pues, que tampoco comporta algo de gran utilidad. ¿Para qué sirve la dislocación del lenguaje cotidiano, lenguaje que por sí mismo también puede ser literario? Y además, no conforme con ello habría que definir qué es lenguaje cotidiano. Porque no todos manejan el mismo registro del habla. Concordemos pues que la literatura “es un hecho erótico” como mencionamos antes.

He tratado en pocos párrafos de hacer una reflexión un poco tosca del concepto que nos embarga y sigo sin contestar las preguntas primeras. Sin embargo, el problema que nos acaece no es algo sencillo de dilucidar, pero se puede afirmar, con tajante crítica, sin basamentos (en otro articulo hablaré de la reflexión y argumentación sin autoridades) que la literatura ad initium et per se es todo texto capaz de crear y recrear un efecto estético a través de la transgresión de la cotidianidad lingüística y que además sean considerados “bien escritos”. Funciona como categoría englobante de todos aquellos textos capaces de trascender lo micro y volverse macro, es decir, ir del individuo a la sociedad como explicación de la explotación imaginaria. Con respecto a lo práctico, realmente carece de ello: he aquí su inexistencia. ¿Cómo catalogar de existente algo que no es práctico en lo tangible? Quizá sea muy bíblico dicho cuestionamiento, pero resulta interesante observar lo que trabajamos desde su carácter de funcionalidad real en la sociedad moderna. La literatura no sirve para nada y estamos trabajando sobre una base de arena sin escayolar y brisa de espejismo. ¿Cuándo se ha visto que la literatura responda a problemas reales? Quizá porque no le interese hacerlo (para eso está la ingeniería y ciencias duras) Esto podría contestar el porqué Japón decide abolir las humanidades. Sea cual sea, la función de la literatura y lo que “es” en sí misma, será aun problemas que acaecerán sobre los eruditos y aquellos quienes reflexionen su campo de desarrollo, como nosotros.

v secreto

Escondido para mis sentidos se guarda, en lugar remoto y adversario, el fresco elixir del sentido de mi vida. Una esencia que cauteriza el alma herida y calma dolores en la memoria que son parte de la condición moribunda del cautivo ser. Es depósito de los amaneceres de esperanza y los crepusculares sueños juveniles del perfume blanco de un ser destellante y lejano de poesía ausente e incomprendida; destilado de bailes gentiles y confines celestiales; de movimientos de alas angelicales en miradas piadosas donde el aroma a palabras en voces suaves revela un ente remoto en la misteriosa memoria de un alma conocedora de su destino antes de unirse a la carne dentro de la que lucha, y queda oculto aquel secreto aún más en las frágiles intenciones de lo poco que dice todo lo que puedo decir.

ii cruel línea

tropezaba contra sus malas intenciones
el hombre sentado frente a su infancia había aprendido ignorar
están los tan esperados comienzos
dónde están las fieras ignoradas entre grietas
me he incluido a mi mismo en la ignorancia
para entregarme a los sentires
de las cosas que ya no siento
dejar trapos sucios hasta que
otro fuerte anhelo perfumado
y dulces regalados esparcidos por el suelo
en vez de la onda franja rota
del lenguaje corrupto
algo más allá de las intenciones
flor que oculta el destino
sonido ausente de sueños que fueron
prístina memoria
anhelada esperanza
lugar remoto
lugar común
lugar de todos
lugar espacio
lugar en cero
lugar partida
lugar de fuga
la escalera rota
a lo más alto
caída infinita como el anhelo
voces de lobos desde mis adentros
perfume inmortal
caída infinita

Noche cuarta del tercer mes

Siempre recordaré el día que llegó el libro a mis manos. Grueso, marcado por el tiempo, como una piedra brava. De manos nobles, aquel ejemplar que tanto había codiciado para mi biblioteca, llegó sin buscarlo. Recordaré también, que nunca salió de la sucursal que había materializado al lado de mi cama, lugar privilegiado para mis libros, pues era como una sala de espera para ser descubiertos, desnudados, devorados. No olvidaré tampoco la extraña sucesión de hechos alrededor de aquel libro, todas las noches en vela que me provocó, como si hubiese estado escrito, en otro libro, la historia de esos días. No olvidaré el susto, principalmente, la llamada anterior a eso, que provoco un oscuro sonido que penetró mi piel, hizo erizar mis cabellos tras la nuca y me recorrió ese frío que, al sentirlo, uno intuye que significa.

El carro partió de la casa, lo recuerdo bien, él se había puesto una camisa verde a rayas y un pantalón jean. No pensó mucho para salir, pues esas fueron las primeras prendas que encontró; era como si la calle lo llamara, lo invitara a pasearse sin control porque no había peligro, eso parecía. En la tarde habíamos estado tranquilos, escuchando el azul vibrar de las cuerdas de un violín, viendo cómo las manos agiles del director dibujaban en el aire compases llenos de gala y dulzura, como si fuese, antes que músico, un pintor que traza líneas imaginarias y con una pintura diluida. Reíamos, porque hablábamos de lo bien que vestía la concertino. “Está muy bella, poeta mire como mueve la mano y con la dulzura que toma el arco, es como que abraza cada nota que hace sonar”. Él siempre tan pícaro, lleno de tanta elegancia y sobriedad. Nada de lo que hicimos esa tarde auguró algún hecho fatal posterior, ni siquiera que me quedé con sus llaves cuando fue a casa. Tampoco que le costó salir, que olvidó la chaqueta y extrañamente, se llevó su teléfono, nunca salía con el aparato, por aquello de que lo fuesen a robar.

Yo leía, solo podía leer, apasionadamente me iba sirviendo del plato denso de la poesía del Paisano poeta. Pensaba también en aquella enamorada que no llegaba aún a casa y en que no había escrito nada en toda la semana. El frío se hizo espeso y agudo. La noche muy silenciosa y solitaria: oscuras las calles que transité al volver a casa. Me esperaba, primero en la lista, aquel libro que tan hace poco había llegado a mis manos. Me lo regaló él, muchacho ejemplar, ese primero de mes, hizo una dedicatoria especial con la maestría de quien firma una carta de amor, yo me reí, a pesar de que vi, más en el sueño que en la vigilia, el libro deseado. Cuando él se fue, yo me quedé leyendo. “Vuelve en una hora”, me dije, “ese debe andar allá afuera del apartamento, hablando con el amigo”, pero no. Pasó una hora, pasó otra y nada que entraba. Salí varias veces de la habitación a cerciorarme de un regreso que aún no se había producido, como quien ve el reloj cada cinco minutos y este nunca avanza, como quien espera una noticia de un médico. La preocupación iba en aumento y la respiración poco a poco se iba cortando en aquella sala de espera. La gente reunida, sin saber exactamente cuál era la situación. El carro andando veloz por la ciudad, dando vueltas como María en la sala, como los libros, como mi mano recorriendo las páginas, mis ojos como dos ruedas girando en el Reino. Nadie se pronunciaba, el silencio espeso y sucio, como el aserrín húmedo, apretaba la habitación. Yo me llevaba las manos a la cabeza, me levantaba, revisaba: nadie en la puerta, seguía leyendo. Él, extrañamente decidió ponerse el cinturón, la comezón en su mano derecha, como un enjambre que vuela cerca de la piel, le llevó a ponerse el cinturón. “Quién sabe, por si acaso”. Ambos reían mientras le daban sorbos tranquilos a la cerveza. Yo me perdía en lo más profundo de la casa, como en una esquina indicada precisamente para mí.

“¿Adónde iba la noche tan tranquila?” era la pregunta que, ceñida a la frente, daba giros descontrolados. Yo, solo veía al siete regodearse en su poema, mientras quedito él cerraba los ojos a una hora desesperada. “No, poeta, no se vaya, vuelva” y no volvió, se despidió de una manera muy tranquila, sonriendo tan gentilmente como para calmar a los presentes. Luego de tanta espera al fin los habían dejado pasar, como yo había permitido la entrada de los libros a la cama, lo rodeaban sus más cercanos, le besaron las manos menudas y se despidieron de la manera más tranquila que conocían. Se detuvieron en la esquina. Alguna figura importante daba la noticia del deceso del poeta, mi teléfono sonó: “Poeta, se nos fue el sietecito, el pajarito ya no aletea”. La lluvia me incendió el pecho y el corazón rojo como el semáforo se aceleró a una velocidad de accidente. Los chocaron por donde él iba sentado, en el puesto del acompañante. El shock paralizó su corazón y yo leí la dedicatoria que había escrito. El choque, fue en una avenida italiana, al lado de un hospital. Alguna figura importante, algunos dicen que ministro, llamó a emergencias, después de haber llamado a un amigo para informarle que cierto poeta acababa de fallecer. Yo solté el teléfono y volví a leer, solo, en mi cuarto, preguntándome qué iba a hacer con esa vuelta a casa entre las manos. Leía al poeta, la dedicatoria, lo llamaba a él y nadie contestaba: ni el libro, ni el poeta, ni él, que salió y volvería en una hora.

Solo habían pasado cuatro días desde que el libro me había llegado a las manos, el ministro tenía solo horas dando la conferencia, yo apenas un par de minutos de haber terminado un último poema, él una hora de haber salido. Como un extraño circulo pasamos aquella noche cuarta del tercer mes.

Voló el colibrí: Ramón Palomares, el sietecito que volvió a casa

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La noche del cuatro de marzo tomé entre mis manos “Vuelta A Casa”. Una recopilación de un poeta Paisano: Ramón Palomares. Mientras leía y regresaba, lentamente disfrazado de cualquier cosa: colibrí, lobo o nube, recibí una llamada inesperada que anunció, tristemente, la partida física de uno de los más grandes poetas venezolanos. En mi corazón la nube de lluvia no se hizo esperar. Acaeció, como una tormenta viajera, la melancólica visión de su partida. ¿Y ahora qué hago con esta Vuelta A Casa entre las manos?

Nació en Escuque, Venezuela, el 7 de mayo de 1935. Uno de los grandes poetas actuales en lengua castellana. Maestro y especialista en lenguas clásicas. Personaje central del grupo Sardio y de El techo de la ballena, expresión de la vanguardia poética en Venezuela. Quizá se suponga que he de reseñar la obra del maestro, quizá, solo quizá se crea que he de escribir con la melancolía de quien redacta un documento; quizá deba ser objetivo. Pero un grande de las letras venezolanas alzó vuelo. Como un colibrí se fue hacia el Reino escondido esparciendo el fuego de una vanguardia que no envejece, como su poesía de calibre mundial. No hay manera mortal de rechazar la entrada a su casa, pues la invitación poética del gran maestro venezolano siempre ha estado extendida con su desprendimiento sobre la tierra venezolana y más allá de sus fronteras. La obra inmortal del poeta alcanzará rasgos cósmicos e indelebles. Será celebrado hasta el cansancio –que no llegará pronto- y viajaremos con él hasta los lugares más recónditos.

“Oíme, Oíme

Yo siempre estoy pendiente:

—Dónde estará? Qué estará haciendo? Se acordará de todo?

¡Ah rigor!”…

Ramón Palomares (Adiós Escuque 1968-1974)

Han pasado ochenta años, sietecito, desde aquel primer vuelo hacia la luz que te descargacreó la sonrisa siempre joven. Ochenta años de regalarnos la alegría de tus letras, de la visión venezolana de la vida, de tus vuelos, de dejarte a todos nosotros como único, magnifico gran obsequio. Sé que no soy el único dolido por esta partida tuya, siete, que de tan buena manera nos brindaste una cama donde dormir el pecho que arde en poesía, en sueños que viajan, en un Escuque que te recuerda. Y Escuque, cómo decirle… cómo carrizo decirle que esa despedida tuya, ese Adiós Escuque es verdad y que ya no vuelves. Habrá que dejarte volar pajarito, que llegas amarillo a donde la brisa aún no vence y se guardan todas tus noches. Las flores, estoy seguro, habrán de devolvernos tu poesía cuando la tierra te eleve alto, muy alto hacia el infinito viaje de regreso a la casa.

Perteneciente a grupos literarios prominentes, siempre en pie de lucha, estuvo frente a la poesía, combatiendo, como solo lo puede hacer un paladín de las letras, armado hasta la pluma. Su poesía es un viaje a lo mágico, a su interior. Por medio de ella, podemos conocer al poeta y a su tierra, además a nosotros. Pues es inevitable la reflexión frente a la confrontación poética. De tal manera que la poesía de Ramón Palomares, logra lo que en esencia es el deber ser del poema, algo que subyace en el contenido formal, estético y temático: logra hacer sentir. Cuidado de no confundir el efecto estético con el sentimiento que provoque el poema. La primera es lo que la academia se empeña en descifrar, en deconstruir: en encontrarle las cinco patas al gato; la segunda es lo que el lector, a primera vista, recibe. Este poeta es un amigo que nos invita a ensuciarnos de campo, de ciudad y de Vimages (1)enezuela, es una poesía arcillosa que el lector debe ir formando con ayuda del sietecitoque con suma maestría, gracias al oficio de la experiencia ha logrado. Sin embargo, después de la partida del poeta, que es estudiado hasta el cansancio, aún no descubro que hacer con esta Vuelta A Casa.

“Viejo Lobo, contigo todo era alegre reencuentro como cuando logramos distraer la tristeza. ¡Nos vamos quedando solos!”

Ramón Palomares (Adiós Escuque 1968-1974)

El viejo lobo del bosque se fue a escribir más lejos, me dije, ese viejo lobo siempre marcará el paso firme de la poesía. Ahora, para esta generación bit tan decadente que no ha conocido lo sublime de la poesía verdadera, queda un paradigma inigualable. Veamos pues si la poesía que no tiende a esta belleza mimética de las cosas puede superarte, viejo lobo. Perdonarás, pajarito, estas toscas palabras. Pero no he podido evitar quitarme de encima este peso tan negro que me queda después de la tristeza. No puedo amigo mío, tú sabrás disculparlo. Y tú, lector, te encargarás de correr la voz de esto, del poeta, de nosotros. Está en ti decidir si es solo una carga melosa de sentimiento y nada aporta a que leas al Paisano  o si realmente valió la pena esta emotiva charla. Dejo a la tarea de todos encontrarle una mirada nueva a Escuque y su poeta de siempre.

En cambio yo, amigo del alma, me refugio en vos, hasta que sea necesario. Me refugio en tu Reino una y otra y otra vez, hasta que logre, por artimañas de tus letras descubrir, más temprano que tarde, qué voy a hacer con esta Vuelta A Casa entre las manos.

 “y si de ti todo se ha ido y timagesodo está por
llegar

y todo está en viaje y todo es nuevo y vuelve.

Adiós Salud Adiós”

Ramón Palomares (Adiós Escuque 1968-1974)

Cinco poemas Marquesianos

hacer agua de esta boca
boca de agua que se transforma
transformar el agua en boca
que es boca diluida en un beso sin darse

boca, boca
floja
líquida
derramada
en otra boca

la mía

 

***

 

Hondura

saltar muy al fondo
hecho magma-constelación que emerge
siendo líquido oscuro dentro del sello de los días
augurar algo más que malos momentos
detonarse
volcán que arde

***

Llovizna
cae el cielo, terrible
sin pausas
lava los pecados ajenos

***

adiós María Antonieta, adiós
he de negarme a tu miel pálida
   al cálido abrazo de tu abismo
pues no eres la muerta Concha, marina lejanía
     aunque de este agrio sonido de la marcha
d
    e
       s
         i
           e
             n
                d
                   a
                    n         estos mediodías
estás rosas quebradas ante los espejos
   no hay caso posible para esto, NO
María Antonieta
he perdido el fulgor de la carne bajo la lluvia de febrero
   y… no sé
¿adónde irás Maria Antonieta, sin mi carne, sin este espejo que fue un labio dormido bajo el agua?

   habrás de llover algún día

l   e   n   t   o

como una lectura

 

***

 

a Narciso Espejo
gota que gotea agua goteada
que se supone poema gotificado
           gota a gota compone los versos
que son gotas claras de estrellas que se deshielan
       suponerse gota, entonces
sin gotear la noche juvenil y gotisteada
porque al final, poeta, somos gotas
             usted, el poema y yo
gotas de la misma lluvia que cae en distintos planetas, poeta
          ¿no se acuerda, cuando fuimos alguna vez?
gotear la gota hasta que se rebase la gota del vaso
y no hacer más
que ser gota, de lluvia, poema o lo que sea